viernes, 6 de septiembre de 2013
Sé que estoy enferma porque me lo noto en los huesos, en el temblor que soportan al contemplar tus pestañas vacilando cuando sobrevuelan mi cuerpo; siento las marcas que has tatuado en mi piel, haciéndome rezar por no perder algo que siempre temí vivir; advierto cómo mis músculos pierden fuerza después de que tus cuerdas vocales se pongan en movimiento... Sé que algo se me muere por dentro porque ya no recuerdo quien borró mi pasado, si fui yo o fueron tus besos; temo cada paso que das en cualquier dirección que no sea mi cama, cada palabra que no pronuncias para engañarme y que me quede perdiendo el tiempo contigo. Sé que me has infectado los sueños con tan sólo el tacto de tus dedos; lo sé porque quiero quedarme a vivir en tu risa, arroparme cada noche con tu piel y observar en el cielo las constelaciones que forman los lunares de tu espalda. Puede que me equivocase de salida hace ya mucho, pero ahora que recorro las carreteras que marcan tu olor y señalizan cómo caer en tus brazos no me imagino conduciendo por cualquier otro asfalto que no esté construido con las letras que forman tu nombre.
He memorizado el número exacto de escalones que hay hasta tu cama, he resuelto todas las ecuaciones que planteaban tus pestañas y fotografiado todas las constelaciones que dibujaban los lunares de tu espalda. ¿Y para qué? Para nada. Para descubrir que dentro no hay nada, que las constelaciones que invaden tu piel nunca existieron, que las equis que proyectan tus ojos equivalen a un número que yo no conozco, que tú nunca me esperarás entre tus sábanas.
No sé quién te habló de aquel candor, de aquella sonrisa infantil, de aquel mágico porvenir, de aquellos lunes relativizados, de los recuerdos comprados; pero mintió, no es cierto, nunca lo es en estos casos de deliciosas maravillas que relatan comparaciones constantes entre lo que es y lo que pudo haber sido.
Me he mentido.
Y a la vez me he sincerado conmigo misma.
Quiero llenar mis pulmones con vacíos que yo misma invento, construyo y alimento. De todas aquellas palabras que me repetían en sueños, sólo puedo recordar las que se esfumaron con el viento. Son todas esas sombras, sobre las que escribo en mi piel arañada, las que me impiden la caída libre, las que me protegen de las esperanzas.
Los bailes ancestrales que sirvieron como escudo y a la vez excusa para mantener la verdad encerrada bajo llave están rompiendo las cadenas que no existen y que imagino cada mañana que rodean mis ojos cuando te contemplan a ti, moviendo los labios, prometiendo cosas que no existen, que otros antes que tú destruyeron hace ya mucho tiempo.
"Soy como el capitán que precipitó a su tripulación a otra dimensión".
Estamos de espaldas a nuestra felicidad mientras oteamos el contrahorizonte a la espera de que aparezcan nuestros anhelos. Esos anhelos por los que desperdiciaríamos nuestra vida entera, sólo porque somos capaces de imaginar cómo sería alcanzarlos, sólo porque se mantiene en nuestra entrañas la esperanza de poder conseguirlos. ¡Ay, aquella imaginación insumergible en las redes de la marea...! Aquella inconsciencia que nos conduce a una utopía a través de los sueños... Y moriremos bajo su capo de incredulidad, todavía sin poder borrar una especie de sonrisa porque pudo haber sido y no fue.
Horas y horas debajo del agua. Con lluvia pálida empujando su piel y conduciéndola hacia a algún lugar frío y misterioso. El peso de su solidez y su amargura, hundiéndola, le hablan y le preguntan por su viaje. Ella no sabe qué contestar, duerme y despierta en sueños, atrapando mariposas con redes invisibles y acariciando las corrientes marinas que rodean su cuerpo. Son milenios ya lo que lleva descendiendo hasta la noche y todavía logra percibir luz que transforma colores a su alrededor y descansa sobre ellos con tristeza y delicadeza. Una melodía late en sus venas transformando su sangre en sal y sus pulmones en medusas, acatando órdenes de alguna sombra legendaria que se cierne sobre la profundidad de su desconocimiento y su soledad. Hila plurales y encaja condicionales, todo ello con la esperanza de poder construir un camino de regreso, con calendarios fantasmales que se retuerzan en su estado más plasmático e invariable, indicándole el número exacto de veces que debe golpear sus codos para regresar a su hogar. No importa que su hogar ya no exista.
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