viernes, 6 de septiembre de 2013
Horas y horas debajo del agua. Con lluvia pálida empujando su piel y conduciéndola hacia a algún lugar frío y misterioso. El peso de su solidez y su amargura, hundiéndola, le hablan y le preguntan por su viaje. Ella no sabe qué contestar, duerme y despierta en sueños, atrapando mariposas con redes invisibles y acariciando las corrientes marinas que rodean su cuerpo. Son milenios ya lo que lleva descendiendo hasta la noche y todavía logra percibir luz que transforma colores a su alrededor y descansa sobre ellos con tristeza y delicadeza. Una melodía late en sus venas transformando su sangre en sal y sus pulmones en medusas, acatando órdenes de alguna sombra legendaria que se cierne sobre la profundidad de su desconocimiento y su soledad. Hila plurales y encaja condicionales, todo ello con la esperanza de poder construir un camino de regreso, con calendarios fantasmales que se retuerzan en su estado más plasmático e invariable, indicándole el número exacto de veces que debe golpear sus codos para regresar a su hogar. No importa que su hogar ya no exista.
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